Tengo un ejercicio que hago los domingos en misa. Después de que el sacerdote o el diácono lee el Evangelio, me pregunto: «Si tan solo pudiera vivir al cien por ciento esta lectura del Evangelio, ¿cuánto cambiaría mi vida?» Me hago la misma pregunta cada domingo. Radicalmente. Mi vida cambiaría radicalmente. No me refiero al Evangelio completo, ni a todo el Nuevo Testamento, no me refiero a toda la Biblia ni a todo el catecismo, ni a todas las enseñanzas de la Iglesia. Si solo vivo el Evangelio del domingo al cien por ciento, mi vida cambiaría radicalmente. Hay una brecha entre mi vida y el Evangelio, y es una brecha bien grande. En todo caso, supongo que lo primero que debo reconocer es que la brecha existe. Para intentar cerrarla, nos enfocamos en Dios, vamos a misa los domingos, nos sentamos a leer las Escrituras, tratamos de hacer el bien a otras personas. Todo esto lo hacemos para cerrar la brecha, pero la brecha es bastante grande, es inmensa. Y nos damos cuenta de ello cuando medimos nuestra vida con respecto al Evangelio. El problema es que tendemos a medir nuestra vida comparándola con muchas otras cosas y al hacerlo, caemos en la trampa de pensar: «Ah, yo soy un buen cristiano, quiero decir, comparado con esa persona, o con mi vecino que está haciendo esa estupidez o comparado con esa gente en la televisión, yo realmente soy un buen cristiano». Este es el pecado cuando nos comparamos con algo o alguien más para sentirnos bien sobre nosotros mismos. Y el problema medular con esta comparación es que nos impide crecer. Nos impide aceptar la invitación de Dios para crecer y ser transformados, para cambiar de la bella y asombrosa manera en que Dios quiere que lo hagamos, para crecer, para transformarnos en esa maravillosa persona que Él concibió al crearnos, esa mejor versión de nosotros mismos.